Ahora que, al fin, muere este año intenso y corrosivo, benévolo por otra hermosa parte, las olas han cesado en su afán de destruir lisonjas duramente conquistadas. ¿Que si hago balance?, no. Determinado estoy a renegar del olor a sal de olas pasadas y hago inventario de lo que queda, pues la tormenta fue dura, pero no me ha "matao". El alcohol no fue mi compañero y no lo llamé nunca a serlo, las concubinas dudas del ser como ser cada quién, cada yo, tantos "Yo", me dejaron más que golpeado, herido. Sin embargo, y siempre hay un "sin embargo", vivir se hace atar de cada una de las posibilidades de sucesos que me han acontecido. Lo que es parte de la vida, no ha de ser rechazado o escupido. Sólo no miro atrás.
El mar que destruyo lo que pudo, no logró limpiar cenizas de los incendios que causé. Es probable que ese edificio impenetrable de dos colores, de cimientos agujerando mi pecho, resista toda tempestad que pretenda indefinir la incurable necesidad de repartir odios y amores. La dualidad hiriente que no he dejado de ser, está y estará presente pese a todo. La diferencia: El portador de ese edificio ha conseguido paz. Aunque, mi escasa vergüenza cause vergüenza ajena, y las duras espinas hayan gangrenado en pieles por mi causa, definitivamente el ser es inamovible, irrefutable y constante. Ahora con paz en los hombros.
Apuñalo mi calendario hasta su muerte, rezaré carcajeando sobre sus restos y marcaré con su sangre los días de un incierto nuevo año. Liberaré, si mis ánimos lo permiten, nuevas y crueles guerras contra mis contras. Si el éxito me acompaña, seré más desastre, más muebles y trastos en mis salones, más música, más historias en esa música y menos desvíos.
Apuñalo este calendario, con la certeza de que se me ha hecho mucho más fácil odiar, amar y olvidar... Pero más fácil odiar...
Leb wohl, mein Gegner Intellektuelle...